martes, 18 de octubre de 2011

TÓTOGU (parte 3/3) de Manuel Amaro Parrado




Al apretar el gatillo, cerró los ojos y sintió cómo la sangre de su compañero le salpicaba la cara.

Mientras el cuerpo del hombre muerto se desplomaba contra el suelo, notó una punzada de dolor en su pie izquierdo y vio que uno de los deleznes había llegado hasta ella y empezaba a morderle el dedo gordo. Le propinó un puntapié y luego apuntó con su arma, más llena de ira que nunca, para disfrutar viendo cómo los sesos gelatinosos de la criatura saltaban por todas partes.

Al olor de la sangre fresca de Renasconte, los deleznes parecieron olvidarse de ella y acudieron a por su parte de aquel festín, momento que aprovechó la chica para alcanzar la puerta y abrirla. Nada se escuchaba al otro lado, tan sólo un silencio que le resultó embriagador en contraste con los terroríficos crujidos de placer que emitían los deleznes en pleno éxtasis.

No miró hacia atrás. Lloró un poco por Renasconte y algo más por sí misma antes de dar un portazo y adentrarse en aquel oscuro pasillo que bien podría llevarla a un lugar aún más peligroso que aquel en el que se encontraba.

Delante de ella, una muerte posible. Detrás de sí, una muerte segura.

Si hubiese sido valiente, se hubiera quedado donde estaba.

Encendió su linterna y empezó a correr, confiando en que aquella vez pudiera alejarse tanto que aquellos demonios voraces no fuesen capaces de encontrar su rastro. Después de unas horas, se detuvo jadeante e intentó calmar su respiración para escuchar.

Nada. Todo estaba tranquilo. Por el momento parecía encontrarse en un lugar seguro. La luz de su linterna empezó a titilar, así que emprendió la marcha para aprovechar todo el tiempo posible con luz. No podía dejar de pensar en Renasconte, quien seguro que jamás hubiera podido imaginar que su final le fuese a llegar de aquella manera, a manos de una guerrera cobarde que se resistía a morir. Sudada y de nuevo jadeante, pisó un charco y se detuvo para beber de su agua, mucho más fresca, dulce y embriagadora de lo que esperaba.

Al pronto la luz de la linterna se apagó por completo, dejándola en una oscuridad profunda y aterradora. Se lavó la herida del pie en la oscuridad y descansó durante horas, sopesando sus opciones con la mente mucho más clara y despejada.

Debía seguir adelante, debía encontrar por fin una salida a todo aquello.

Después de varios días caminando en penumbras, sus ojos empezaron a percibir algo de claridad al fondo del pasillo. Observó que la herida de su pie ya estaba casi curada, hecho que la hizo sentir más optimista y animada. Al final del pasillo pudo ver una puerta de madera bajo la cual se filtraba una luz blanca y cegadora.

Tótogu agarró con fuerza su arma con la zurda y abrió la puerta con la derecha. Con un rápido movimiento, se pegó a uno de los muros, procurando alejarse de cualquier atacante mientras sus ojos se adaptaban a la luz.

Nada parecía moverse en aquel salón iluminado. Echó un vistazo rápido y contempló una estancia muy similar a la que podría haber en cualquier hogar, tal vez demasiado grande, pero al fin y al cabo algo que pretendía hacerla creer que aún podía sentirse como si estuviera en casa.

Con el rabillo del ojo, percibió un pequeño movimiento en una esquina, así que antes de girarse situó la culata de su fusil contra su hombro y apuntó con el dedo colocado sobre el gatillo.

-¡Soy humano, como tú! –exclamó un tipo negro con los brazos en alto. En una de las manos llevaba una pistola.

-Ya veo –replicó ella, algo más relajada pero sin dejar de apuntarlo-. Tu cara me suena.


martes, 11 de octubre de 2011

TÓTOGU (parte 2/3) de Manuel Amaro Parrado




-¿Desde cuándo te escondes en esta habitación? –preguntó con un tono más de exhortación que de interrogación.

-No estoy seguro –dijo-. Desperté desnudo aquí hace unas horas. Sobre aquella silla encontré estas ropas y una pistola.

Tótogu hubiese dicho que aquello era extraño si no hubiese presenciado cosas aún más extrañas en el tiempo que llevaba allí. A pesar de que se alegraba de tener a alguien con quien conversar y que a su vez pudiera cubrirle las espaldas, no dejaba de querer recopilar algo más de información que pudiera sacarla de aquel lugar maldito, de modo que le preguntó qué era lo último que recordaba antes de llegar a aquel cuarto, a lo que el negro, quien dijo llamarse Renasconte, respondió que tenía vagos recuerdos de luchas contra criaturas espantosas.

-Aunque creo que no son recuerdos, sino sueños –susurró Renasconte, como si temiera que decirlo en voz alta pudiera invocar a las criaturas de sus pesadillas.

-No estés tan convencido –indicó ella a la vez que cerraba la puerta por la que acababa de llegar. Aunque no podía estar del todo segura, creyó escuchar a lo lejos los molestos y familiares crujidos que emitían los deleznes al arrastrarse-. Tus criaturas existen y son increíblemente voraces. He matado muchas y llevo días huyendo de ellas.

-Eso explicaría la sangre que salpica tu cara –señaló Renasconte, ofreciéndole un trozo de tela húmeda con el que limpiarse.

Tótogu se rascó la cara y observó sus uñas, llenas de unas escamas resecas y casi negras. Al no recordar de dónde provenía la sangre, se encogió de hombros y le dio la razón al hombre, a pesar de que sabía que los deleznes sangraban una baba espesa de color rosáceo.

Abrió la puerta que daba al jardín y echó un vistazo a lo poco que le dejaba ver aquella niebla espesa. Le dijo a Renasconte que no estaban seguros en aquella habitación, y que si los deleznes la habían seguido no tardarían más de unos minutos en estar allí.

-¿Qué sugieres que hagamos? –preguntó el negro con escasa convicción.

-Salir a ese jardín y buscar una escapatoria –respondió con la decisión de aquel que ya ha pasado por una situación como aquella millares de veces-. Tenemos que movernos rápido antes de que los deleznes detecten nuestra presencia. No son excesivamente rápidos pero nunca paran a descansar, así que si nos siguen la pista es difícil evitar que terminen alcanzándonos.

Renasconte asintió con la cabeza mientras comprobaba con militar eficacia que su pistola estaba cargada y uno de sus bolsillos repleto de munición. Sacó una linterna de un pequeño morral que llevaba sobre el hombro y vio que funcionaba perfectamente. Al verlo, la muchacha le dijo que necesitaba pilas para la suya, y él le señaló una estantería en la que encontró baterías de todos los tamaños y formas.

-Demasiado fácil –musitó ella, evidentemente preocupada mientras cogía las dos únicas que valían para su linterna.

Renasconte observó que la chica llevaba rota la puntera de una de sus botas, por donde asomaban varios dedos, uno de ellos con bastante mal aspecto. Le preguntó que si estaba en condiciones de correr en aquel estado y ella se limitó a mirarlo con desdén a la vez que abría de nuevo la puerta que daba al jardín.

Hizo un gesto a su acompañante para que no se separara mucho e hiciera el menor ruido posible. Intentó caminar en línea recta, deteniéndose cada dos o tres pasos a escuchar o ver algo que pudiera moverse por entre la densa niebla.

Sabía que los deleznes no eran criaturas acechantes ni silenciosas, de modo que aquel silencio le hacía ser consciente de que iban por buen camino.

-¿Sabemos hacia dónde nos dirigimos? –preguntó Renasconte.

-No hagas ruido, imbécil –fue todo lo que obtuvo como respuesta.

Saltaron una ajada valla de madera y atravesaron varios setos antes de vislumbrar, a través de la niebla, un muro de piedra oscura. Tótogu se detuvo al verlo y contuvo el aliento para que su propia respiración no interfiriese en la labor de su oído.

Algo había crujido no muy lejos de allí, al frente, posiblemente cerca del muro.

Se acercó a su acompañante y le susurró al oído la palabra “deleznes”, indicándole con el dedo la dirección en la que creía que estaban. Al oír aquello, la cara del negro cambió por completo, pasando de expresar simple preocupación a mostrar un terror que hizo que la chica se arrepintiese de inmediato de haberlo llevado consigo.

-Hay que volver –dijo el hombre en voz baja.

Tótogu intentó cerrarle la boca, pero ya era demasiado tarde. Los crujidos empezaron a multiplicarse, proviniendo de todos los lados. La chica cogió a Renasconte de la mano y tiró de él hacia el muro, lanzándose a la desesperada en busca de una puerta por la que huir de aquella trampa.

-¡Están por todas partes! –gritó el hombre.

En efecto, más de un centenar de grandes gusanos amorfos reptaban hacia ellos emitiendo unos crujidos que empezaban a resultarles ensordecedores. La chica disparó varias veces su fusil y reventó a un par de deleznes que empezaban a estar preocupantemente cerca. Sopesó la idea de echar a correr hacia atrás, confiando en que las criaturas aún no hubieran cerrado su vía de escape, pero sabía que regresar supondría meterse en una habitación que no tardaría demasiado en ser cercada e invadida. Le gritó a Renasconte que disparase su arma y que se colocara espalda contra espalda con ella. El hombre así lo hizo y enseguida el ruido de los disparos se hizo ensordecedor. La chica era consciente de que no tenían munición suficiente para acabar con todos, así que tiró de su amigo y buscó hasta que a escasos metros de allí pudo ver la forma inequívoca de una puerta situada en el muro.

-¡Me quedo sin balas! –aulló el hombre-. ¡Cada vez hay más cabrones de estos y yo me quedo sin balas!

La puerta estaba libre y accesible, pero aunque huyeran sería cuestión de horas que los deleznes destrozaran la madera con su baba y emprendieran una persecución que no tendría fin.

Tótogu pensó.

No podía acabar con todos.

Tampoco podía huir y dejarse atrapar en cuanto tuviese sueño y se detuviera a descansar.

Necesitaba tiempo.

Necesitaba una distracción, algo que le proporcionara una buena ventaja.

Se quitó de encima a dos o tres deleznes que tenía cerca y entonces se giró, viendo cómo su compañero disparaba frenéticamente tanto contra criaturas vivas como contra otras que ya habían dejado de moverse.

Se dijo que no tenía más remedio, que era una simple cuestión de supervivencia.
Los dos juntos apenas tendrían opción alguna de salir adelante. Levantó su fusil y apuntó contra la nuca de Renasconte.

domingo, 2 de octubre de 2011

TÓTOGU (parte 1/3) de Manuel Amaro Parrado




Ya ni recordaba el tiempo que llevaba en aquel lugar. De nuevo estaba sola, teniendo que tomar sus propias decisiones, aunque por lo menos podía decir que la pequeña herida de su pie izquierdo apenas le dolía. Ante sí, una puerta de madera de la que estuvo segura que bastaría con un empujón para abrirla. A su espalda, un buen tramo de estrecho pasillo sombrío que acababa de recorrer y al final del cual le esperaba una muerte segura.

Tótogu agarró con fuerza su arma con la zurda y abrió la puerta con la derecha, permitiendo que una luz cegadora irrumpiera de repente en las tinieblas del corredor. Con un rápido movimiento, se pegó a uno de los muros, procurando alejarse de cualquier atacante mientras sus ojos se adaptaban a la luz.

Nada parecía moverse en aquel salón iluminado. Echó un vistazo y contempló una estancia muy similar a la que podría haber en cualquier hogar, tal vez demasiado grande, pero al fin y al cabo algo que pretendía hacerla creer que aún podía sentirse como si estuviera en casa.

Con el rabillo del ojo, percibió un pequeño movimiento en una esquina, así que antes de girarse situó la culata del fusil contra su hombro y apuntó con el dedo colocado sobre el gatillo.

-¡Soy humano, como tú! –exclamó un tipo negro con los brazos en alto. En una de las manos llevaba una pistola.

-Ya veo –replicó ella, algo más relajada pero sin dejar de apuntarlo-. Tu cara me suena.

-Todos los blancos pensáis que los negros somos iguales –el tipo bajó las manos y enfundó su pistola con toda tranquilidad. Ella también bajó su fusil, aunque no quitó el dedo del gatillo.

Miró a su alrededor y comprobó que todo estaba en un extraño orden que contrastaba con el caos que estaba acostumbrada a ver. Aquella sensación de familiaridad y de aparente seguridad tan sólo conseguía que se sintiera aún más tensa y alerta. Observó que, además de la puerta por la que había llegado, en el extremo opuesto había otra puerta más, ésta de madera labrada con escenas que no alcanzaba a ver desde allí.

-¿Qué hay tras esa puerta? –preguntó Tótogu. El negro siguió la dirección de su dedo y asintió con la cabeza.

-Un jardín con niebla –respondió.

-¿Y más allá del jardín?

 -No lo sé, no he salido de aquí. Sólo he abierto la puerta y he visto la niebla –hizo una pausa y luego añadió-: también he escuchado los crujidos.

Deleznes, murmuró ella. Atravesar un terreno abierto con escasa visibilidad y plagado de deleznes podía resultar una tarea complicada teniendo en cuenta que ni siquiera sabían si había una salida más allá del jardín. Necesitaba más información antes de aventurarse y dar un paso en falso.