domingo, 24 de octubre de 2010

Patadas en el estómago


En el Club de Lectura Jándula hemos decidido declararle la guerra a las faltas de ortografía, y por ello cada mes se publicarán las mejores “patadas en el estómago” que nuestros miembros hayan encontrado en sus despiadadas cacerías.

Se pueden buscar en páginas web, en lugares públicos, en escaparates...
Cuanta más difusión tenga el texto hallado, tanto más gorda será considerada la "patada en el estómago".
No se aceptarán burlas, ni textos que puedan dejar en entredicho a personas conocidas.
Las “patadas” serán fotografiadas y enviadas con una pequeña explicación (dónde se han hallado, en qué contexto…) a nuestra dirección de correo: clubdelecturajandula@gmail.com.

Para inaugurar la sección, podéis tomar como referencia la homónima del blog de nuestro profesor Manuel Amaro.
Como muestra, empezaremos con esta imagen que nos envía D. Pablo Quesada, sacada de una página web en la que ofrecen trabajo:



Nada, que si te faltan estudios, acude a este sitio que otro con menos estudios que tú te va a ayudar. Posiblemente, el puesto de trabajo que ofrezcan sea el de redactor de noticias de captación.

Como nuestro blog es "plurilingüe", aceptamos gustosos "patadas" en otros idiomas.
Por cierto, aunque muchos dicen que los españoles somos los peores con las lenguas extranjeras, os dejamos un regalito que demuestra lo contrario.  Menos mal que solamente cantan. ¡Imaginaos lo que harían si escribieran!




lunes, 18 de octubre de 2010

5 reasons we love Harry Potter more than Twilight





1. A Better Universe

Think about all the wonderful things we know about J.K. Rowling's wizarding world: where they shop, what they eat, what kind of prejudices their society has. Consider all the side characters she stacks the stories with: Neville Longbottom, Arthur Weasley, even Lee Jordan, the Quidditch announcer. We know them.

By contrast, what do we know about the world of Twilight? Three things: Good vampires don't bite people. Vampires and werewolves don't like each other. Vampires like baseball. That is all.

2. Better acting

The werewolf in Twilight is played by human action figure Taylor Lautner. He is undoubtedly a nice boy, but no one would disagree with the assertion that he is more famous for his workout regimen than anything he's done on-screen.

3. Better villains

It might not be fair to compare Harry Potter and Twilight on this issue; after all, Lord Voldemort is one of the greatest villains in recent 'pop-culture history'. Voldemort is a genocidal dictator who scares people so much, they won't even say his name. He wants immortality and will do anything (even drink unicorn blood!) to get it. He killed Harry's parents -- and tried to kill Harry -- when our hero was just a defenseless baby.

But even without being compared to Voldemort, the bad guys in Twilight are weak.  You could make the case that Bella's inevitable aging is the real villain of Twilight!

4. Healthier attitudes toward sex

In Twilight, everyone talks about sex all the time, and how bad and horrible and awful and wonderful it would be. In Harry Potter, no one talks about sex at all!

5. It has lasted longer

We have grown up with Harry Potter! The years-long gap between films and movies filled us with anticipation. Each new release is an event.

Twilight is much more ephemeral. The books have been out only since 2005. The films, rushed into production in case the trend should dissipate. There's no waiting around, but there's also no growing old with the characters. Twilight is undoubtedly a commercial enterprise -- more than $1 billion internationally for just the first two films -- but it's simply not a lasting cultural one.





lunes, 4 de octubre de 2010

El creador en el espejo

Cuentan que...


... Hemingway  sellaba su habitación colocando la mesa de trabajo contra la puerta: la única manera de abandonar aquel cuarto era seguir tecleando hasta alcanzar la última cuartilla. Al final de su vida escribía de pie ante un escritorio portátil, con un lápiz en una mano y una copa en la otra.

Thomas Wolfe, que medía más de dos metros, usaba de escritorio la parte de arriba de su refrigerador.

Demóstenes construía sus oraciones después de rasurarse media cabeza, de modo que le diera mucha vergüenza mostrarse en público.

Friedrich Schiller descorría las cortinas rojas de su estudio, ocasionalmente metía los pies en agua helada, y tenía manzanas podridas en su escritorio para olerlas mientras trabajaba.

John Keats se levantaba temprano, se bañaba, se ponía una camisa limpia como si fuera a salir, y luego se sentaba a escribir.

Henrik Ibsen se sentaba en su escritorio con un retrato al óleo de August Strindberg, de modo que su paisano y “mortal enemigo” pudiera “estar ahí suspenso, mirando” mientras él escribía.

Emily Dickinson construía poemas en la cabeza mientras hacía las tareas de casa y luego los escribía en su cuarto a la luz de una vela.

John Cheever se ponía corbata y abrigo y bajaba en ascensor al sótano del edificio donde vivía. Allí se desvestía hasta quedarse en ropa interior y escribía la mayor parte de la mañana.

André Gide, después de culminar cada oración, levantaba la vista para mirarse en un doble espejo colocado frente a su escritorio. En 1893 confesó que su propio reflejo le hablaba y escuchaba, lo acompañaba, le daba aliento. Escribir mirándose escribir.

Se sabe de muchos escritores célebres que tenían la costumbre de escribir tumbados en la cama. No hay caso más triste, sin embargo, que el del escritor mejicano Manuel Payno: por problemas intestinales escribió la infinita novela El fistol del diablo sentado en una letrina y con una tabla sobre las rodillas. Es fácil entender la causa por la que don Manuel olvidaba los nombres y extraviaba de pronto a los personajes.